30/5/11

Cara o cruz

La idea me aterraba pero al mismo tiempo seducía. Buscaba coartadas entre las góndolas atestadas de libros y films de espanto. Sin embargo, una extraña sensación de recelo continuaba invadiendo mi serenidad.

La ejecución de la estrategia impoluta, la exquisitez de cada paso hacia lo inevitable en mí y el deber de la moral se conjugaban en mi mente a cada paso. Tras pensarlo concienzudamente, le dejé al destino resolver en mí y eche mi suerte a rodar.

Seguidamente, camuflé bajo mi bata un filoso estilete y me dirigí al baño. Abrí la ducha, supuse que el ruido desorientaría a los demás en la casa, y me dispuse a resolver mi vida, o mi muerte, en compañía de la soledad.

Cara sería desistir de aquel propósito suicida. Cruz, precisamente eso, crucifixión. Sin dudarlo un instante más lancé la moneda. La gravedad parecía zigzaguear entre los vestigios de mi paciencia.

Finalmente, aquella insignificante pieza metálica en forma de disco, a la cual había decidido declarar inquisidora de mi suerte, estaba a milímetros de mi mano. Cuando de repente sucedió lo jamás pensado, lo vilmente absurdo.

La excitación del momento, sumada al abundante vapor, me hicieron trastabillar en aquel resbaloso y cómplice escenario. Golpeé mi cabeza enérgicamente contra el borde del lavamanos y me desplomé instantáneamente inconsciente.

Al despertar, busqué desesperadamente la moneda. La misma, había quedado atascada, verticalmente, en las finas rendijas del desagüe.


24/3/10

El asesinato del músico nocturno

El sudor recorría mi rostro lentamente aquella tortuosa noche de verano. Mi cuerpo fluctuaba a diestra y siniestra en mi lecho con la esperanza de, al menos por un instante, dejar de percibir su ensordecedor y desesperado sonido.

Aquel maldito engendro de la naturaleza, de infernales hábitos nocturnos, había convertido mi sueño en restos mortecinos de insoportable insomnio. Su canto atronador había acribillado mis órganos timpánicos, al punto de despertar en mí un voraz instinto asesino.

Sin dudarlo por un instante, con los nervios hechos trizas, tomé entre mis manos lo que sería el cuerpo del delito. Arremetí con toda mi furia y caminando sigilosamente hasta su escondite, le propicié un golpe tan certero como letal.

Mis oídos al fin encontraron paz, el músico nocturno daba sus últimos suspiros, cubierto por sus propias vísceras. Mientras mi mirada contemplaba cínicamente aquel sanguinario panorama, sin el menor remordimiento, una sonrisa se esbozaba en mi rostro, mientras repetía.

_Te atrapé maldito grillo.


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21/3/10

Otoño sin alma

Aún resplandecía tenuemente el sol entre la otoñal tarde, cuando comenzaba a apoderarse serenamente del aire la fresca brisa del atardecer. Todas las emociones, defectos y virtudes, habían decidido reunirse en casa de la Amabilidad, quien había cedido gentilmente su cálido hogar con un solo fin, ayudar a la desconsolada Alma.

Desde hacía un tiempo, todos notaban cuan triste y ausente se encontraba. Ella había decidido sumirse en una profunda nostalgia acompañada de un voto de silencio al respecto. Pero aquella mágica tarde, todos convencieron al Alma y con una mirada aún más transparente que de costumbre, fue la primera en llegar del brazo del Consuelo, a la reunión.

Allí todo era un gran alboroto, un dulce y cálido alboroto. Incluso unos cuantos metros antes de llegar a la entrada principal, podía escucharse…

__ ¿No falta nadie? déjenme contarlos, no se muevan por favor, uno, dos, tres. Levanten sus manos en alto, cuatro, cinco. ¿Timidez puedes levantar un poco más alto tu mano? ¡Basta de saltar sobre tu asiento Vanidad, ya te he visto! ¿Simpatía puedes saludar luego a tus amigos y ubicarte en tu lugar? Distracción, estoy aquí al frente, deja de mirar por la ventana. Cortesía no levantes el brazo de Comodidad, ella con seguridad puede hacerlo sola. En fin, creo que estamos todos, agregaba la Organización, al mismo tiempo que la Curiosidad, le tironeaba la lista de invitados como queriendo hurgar en cada detalle.

__ ¿Y a mí nadie piensa contarme? reclamaba -enojado- desde el fondo de la habitación el Egoísmo.

__ Claro que te contaron, con seguridad eres el primero en la lista. Le decía dulcemente el Optimismo mientras esbozaba una amable sonrisa desde el piso, ya que su lugar estaba ocupado por la Descortesía, quien había tomado dos lugares para sí misma.

__ ¿Podemos empezar de una vez, antes que algo suceda? insistía tímidamente el Miedo mientras estrechaba fuertemente la mano de la Valentía.

__ Si hay algo que decir, que sea más vale temprano que tarde. Gritaba agitada entre brincos la Impaciencia.

__ Y si es en éste preciso momento, aún mejor. Acotaba la Ansiedad mientras imitaba las inquietas piruetas de su gemela.

__ Pido silencio por favor, para poder dar inicio a esta ceremonia que…

__ ¿Qué qué?

__ Basta Ansiedad, te pido que no interrumpas. Se quejaba el Deber, quien no podía dejar de cumplir con todas las formalidades. A pesar de que sólo se trataba de una reunión entre amigos para consolar a una querida amiga, a una triste y querida amiga.

El Deber y la Organización llamaron a la Cordura y finalmente los tres, pudieron dar inicio a la reunión familiar. Sí, familiar, porque a pesar de no compartían ningún lazo sanguíneo entre todos los presentes aquella tarde, sabían que los unía un inquebrantable lazo con sus pares. Pues los sentimientos, defectos y virtudes componen la esencia del ser y la separación de ambos, produce un profundo vació y desequilibrio.

En el fondo de aquella concurrida casa, la Mentira y la Persuasión convencían a la Inocencia, de esconder la Verdad en el auto de la Distracción, mientras la Complicidad procuraba que nadie escuchara los perversos planes. La Justicia, que pasaba por allí y sorteó la custodia de la inexperta Complicidad, se alertó de la picardía y decidió escarmentar a todos los involucrados, enviándolos al desván a charlar con la anciana Reflexión. La Justicia sabía que no había sido severa, sino justa, en el castigo proporcionado, pues la Verdad nunca puede estar escondida bajo ningún punto, por insignificante que parezca la situación.

Luego que el Deber concluyó toda la monótona presentación formal que cualquier reunión honorable merece, prosiguió.

__Ayer al anochecer, la Casualidad encontró al Alma vagando por los Bosques del Olvido.

__ ¿El que está a un tercio de kilómetro, dos metros y catorce centímetros del Mar de Lágrimas? Interrumpió la Precisión.

__ Allí mismo querida Precisión. Acoto la Casualidad y pidiéndole la palabra al Deber, continuó…

__ Al advertir mi presencia, ella se limitó a ocultar su rostro y únicamente darme la espalda. Aun sabiendo que quería estar a solas, creí que era preciso preguntar por su ánimo. Al hacerlo, ella volteó para mirarme y hundiendo su mirada en el reflejo de la luna, sólo calló y la tristeza de su mirada lo dijo todo sin decir nada.

__ ¿Casualidad, hace falta que seas tan anticuada para relatar aquel hecho? preguntó la Crueldad.

__ Quizás sólo se trataba de un día difícil en su vida, todos tenemos momentos en los que queremos estar solos, sin ninguna presencia zumbando a nuestro alrededor. A mí me sucede a menudo, agregó la Soledad desde un rincón.

__ Difícilmente alguien se aísla de sus afectos, ahoga sus penas en lágrimas y se llama a silencio por una cuestión insignificante. Reflexionaba en voz alta la Deducción.

__ Bueno, parece que la reunión era para dictar un curso de frases cursis. Yo me voy, esto es un fastidio innecesario para mis intereses. Reclamó nuevamente la Crueldad, mientras se levantaba de su silla.

__Yo te acompaño, dijo la Soledad en un acto heroico.

Al llegar a la salida, la Crueldad empujó a la Soledad contra un antiguo jarrón junto a la puerta y luego huyó. Al ver aquello, la Comprensión pidió a la Paciencia que uniera cada fragmento de la antigüedad para que nadie notara el percance. Sólo la Sagacidad reparó en la unión de las piezas. Pero prefirió callar al escuchar a lo lejos el desconsolado llanto de la Soledad, quien había decidido encerrarse para siempre en el sótano de la Vergüenza.

Luego de abandonar la reunión la Crueldad y la Soledad, el aire parecía tornarse más puro, pero aún se respiraba una atmósfera de angustia e incertidumbre. Todos aguardaban inquietos, que Alma dijera unas palabras. Sus amigos comprendían que su silencio tenía un motivo y estaban dispuestos a averiguarlo por su bien. De repente y como era característico de ella, la Insolencia se subió a una silla y dirigiéndose al Alma, le gritó.

__ ¿No piensas decir nada? Vamos, de una vez por todas puedes terminar con ésta incertidumbre, después de todo, por qué tienen que estar todos tus amigos especulando sobre lo que te sucede, si tú misma estás aquí y puedes decírnoslo.

Inmediatamente, la Sutileza, intervino en la repentina aparición de la Insolencia, que a pesar de su poco cordial modo de decir las cosas, algo de razón tenía. Pues era la propia Alma, quien debía esclarecer su situación si quería que sus amigos pudieran ayudarla. Y pidiéndole a la Insolencia que tomara asiento, tomó la mano del Alma y dulcemente la Sutileza añadió.

__ Alma, todos estamos aquí por ti, para ayudarte. No queremos obligarte a que hagas nada por sobre tu voluntad, pero debes reflexionar sobre tu situación y cuanto daño te está ocasionando. Si lo que quieres es sumergir en silencio todo tu sufrimiento, estaremos aguardando el momento en que desees hablar y reparar en nuestros consejos. Pero si lo que quieres es compartir tu angustia en busca de un alivio, nuestros oídos ésta noche serán sólo para tus palabras.

Un brillo de ternura iluminó por un momento la mirada del Alma, otorgándole -casi mágicamente- una energía ajena a su ánimo. Así, poniéndose de pie, con la ayuda del Consuelo pidió a la Valentía que la acompañara al frente de todos para pronunciar unas palabras. Unas palabras de gratitud, de desolación, de enfado… nadie lo sabía.

Con un tono casi enmudecido, como el de aquel que lo ha perdido todo y se halla sumido en la angustia de sentirse aferrado al sufrimiento, vocalizó las primeras palabras de lo que serían una declaración insólita.

__Mis días no hallaban una razón que justificara lo intrascendente de su existencia. Cada jornada era igual a la anterior y similar a la próxima, cada situación y las circunstancias que en ellas sucedían, se habían convertido en escenas rutinarias que diariamente pasaban frente a mis ojos como un tormentoso film. Aquella sensación de vacío, iba marchitando poco a poco el interior de mi ser, extinguiendo lentamente la luz de mis sueños y deseos. Luego de tener una charla con la Muerte, ella me convenció que a su lado todo sufrimiento hallaría final. Y fue así, que el primer día de otoño y en compañía de la Debilidad, decidí ahogar en el Mar de Lágrimas toda aquella tristeza que me consumía. Me despedí de la Debilidad y despojándome de todas mis vestimentas comencé a caminar por la arena húmeda sólo con una hermosa flor entre mis manos, una extraña sensación de entrega y resistencia me invadía mientras me acercaba a la orilla de la fresca agua. Finalmente cuando mi cuerpo estuvo cubierto hasta la mitad, cerré mis ojos, exhale lo que sería mi último suspiro y me desplomé sobre mis rodillas con la idea de que todo sucedería rápida e indoloramente, como mi funesta amiga me lo había anticipado. Los instantes posteriores, me parecieron tramos interminables de tiempo, en los que mi cuerpo y mi mente estuvieron suspendidos en el suplicio de la desesperación, sin poder precisar un lapso exacto que hubiera transcurrido. Sólo recuerdo que al abrir mis ojos, el sufrimiento había terminado y frente a mí, se encontraba el rostro más hermoso que hubiera visto jamás. Al mirarlo, quedé extasiada en la perfección de sus facciones, en la contemplación de su mirar, en la dulzura de su aliento que había colmado de existencia mi ser. Cuando quise pronunciar unas palabras de gratitud, él hizo un gesto de silencio sobre mis labios y se marchó sin decir nada. Desde entonces, he visitado aquel lugar cada noche, con el deseo de encontrarlo y poder agradecerle el milagro que consumo en mí. No sólo me rescató de la Muerte, sino que dibujó una sonrisa en mi desconsolado interior que colmó mi voluntad de una infinita paz… El no haber vuelto a ver aquel dulce extraño que revivió mi cuerpo e ilusión, es el motivo de mi desolación.

Todos los allí presentes quedaron asombrados con aquel conmovedor relato. Tanto así, que luego de pronunciar las últimas palabras el Alma y regresar a su lugar, la habitación quedó sumida bajo un silencio absoluto, que sólo el incontenible llanto de la Sensibilidad acompañaba.

De repente, aquel desolador panorama, fue disuelto por la presencia del Arrepentimiento, quien introdujo su abatida silueta por la ventana de la habitación, al igual que un ladrón de la compasión.

El Arrepentimiento siempre solía hacer esas extrañas apariciones, pero lo que verdaderamente sorprendió a los presentes -lejos de su siempre esperada pero tardía asistencia- fue el relato que prosiguió a su imprevista confesión.

__ Sí lo sé, soy un cobarde, siempre lo he sido. Sólo cuando el peso de mi moral me atormenta incansablemente hasta arrebatarme el sueño y el hambre, saco a la luz tantas verdades ocultas, tantos sufrimientos y angustias que han visto sus horas manchadas de injusticias por mi cómplice silencio.

Al pronunciar aquellas palabras, las lágrimas zigzagueando entre los pliegues de su cansado rostro, parecían dar fe del tono lastimero de su narración.

Conmovida frente a aquella escena, la Comprensión, se dirigió hasta el Arrepentimiento, acercó su silla y ayudándolo a sentarse, le dijo.

__ Cálmate, no ganas nada con martirizarte sobre tus errores, ellos forman parte del pasado pero fueron necesarios para concebir tu presente. Más bien, cuéntanos lo que te apena y con seguridad encontraremos un modo de remediar tu angustia… Arrepentimiento, sin saber cuál es la causa del problema, estoy segura que cualquiera de nosotros en tu lugar, hubiera obrado de igual modo.

__ Es que tú no entiendes Comprensión, mi falta es muy grave… Mi falta es la razón que alimenta el desconsuelo de Alma.

Nuevamente el silencio paralizó la mirada de todos y se posó en la figura del Alma, quien no hallaba sentido a aquella extraña confesión del Arrepentimiento.

El Arrepentimiento, poniéndose de pie en la medida que sus fuerzas lo posibilitaban, abandonó el lugar que le había cedido amablemente la Comprensión y mirando fijamente los desorbitados ojos de Alma dijo.

__ Aquel primer día de otoño, la Muerte raptó a la Vida, quien sabía de la sucia jugada que te había hecho al mal aconsejarte y pretendía alcanzarte antes de llegar al Mar de Lágrimas, para impedir aquella locura. La Vida le suplicó a la Muerte que te salvara pero la cruel Muerte dijo que cedería sólo bajo un pacto en el cual, ella te libraría de merodear entre su eterna penumbra, si la Vida le entregaba a cambio su tesoro más preciado, el Amor. La Vida accedió y el Amor fue a rescatarte con la condición que luego de ponerte a salvo, regresaría a los brazos de la Muerte a entregarse, sino ella misma asesinaría a la Vida frente a todos. La astuta Muerte, advirtió de mi intuición en aquel tétrico asunto y envió al Engaño por mí. Sus sagaces argumentos doblegaron mi razón y me llevó hasta la reina del descanso eterno, encerrándome en su morada. Luego de apoderarse del Amor, la Muerte liberó a la Vida. Para entonces, ya la había torturado demasiado, casi al punto de acabar con ella. Pero con las inagotables fuerzas que quedaban de sí misma, se arrastró hasta la casa de la Libertad, le contó lo sucedido y ella me rescató. Juntos revisamos cada rincón del escondite de la Muerte pero no hallamos ningún rastro del Amor, ninguna pista que nos indicara si estaba a salvo o si su final había llegado. Lo que nadie sabía, es que aquel día en el cual el otoño comenzaba, el Amor se había enamorado del Alma. El recuerdo de aquel inolvidable momento, lo invadía de una extraña sensación de placer, que le daba la fortaleza para soportar aquella irresistible agonía. Al caer la primera noche de luna llena de otoño, la Muerte se retira a descansar por única vez, dejando las reliquias que le saquea a la Vida, a cargo de la Codicia y la Avaricia. Aquel día, la convaleciente Vida y el Valor, diagramaron una estrategia para acechar a ambas y rescatar al Amor. Había comenzado la silenciosa cruzada entre la Vida y la Muerte, por el Amor. El frente de batalla estaba liderado por la Rebeldía, quien se encontraba muy a gusto allí, en tanto la Confusión no entendía nada pero cubría sus espaladas. El Honor, nos daba aliento con extensas charlas sobre la importancia de luchar por un fin justo, la Resignación era la menos interesada en escucharlo, pero sabía que no tenía más remedio que hacerlo. La Esperanza estaba tan segura de nuestra victoria, que incluso insto al Fracaso a alistarse en aquel improvisado ejército. Cuando cada uno de los héroes de la Vida ocupó su lugar, las trincheras ya estaban listas para alzarse en pie de guerra. Cuando las aliadas de la Ambición rotaron la guardia, desplegamos toda nuestra artillería contra los portones de aquella oscura fortaleza. Herimos de gravedad a la Avaricia pero la Codicia se escabulló por unos recovecos subterráneos y huyó. Logramos derribar el portón principal e irrumpir en su interior, los gritos desgarradores del Amor nos llevaron rápidamente hasta su celda y rompiendo las cadenas que lo amarraban a aquella prisión, la Libertad lo pudo cobijar con su manto. Finalmente cuando huíamos sanos y salvos con el Amor, la Muerte nos interceptó repentinamente. La Codicia había huido a través de un pasaje secreto que conducía directamente a la morada en la cual descansaba la Muerte, poniéndola al tanto de lo que sucedía. La reina del descanso eterno estaba enfurecida con aquel panorama y sin reparar en la intensidad de su furia, atravesó al Amor. Ni siquiera la Vida pudo impedirlo, ella sabía que la Muerte puede arrebatar a quien desee de sus brazos, y una vez que ello sucede, ya no hay vuelta atrás. Una flor marchita se deslizó desde sus manos hasta las secas hojas que tapizaban el otoñal piso y retumbando en nuestras consciencias como un eco eterno aquel desconsolado crujir, el Amor se desplomó en la frialdad de la húmeda noche.

El llanto del Arrepentimiento terminó por devastar la verticalidad de su postura bípeda. Un silencio atónito invadió nuevamente aquel lugar, allí sólo se podía respirar un aire envuelto en tristeza, desolación e impotencia. Nadie pronunció una palabra en los momentos sucesivos al término de aquella historia. Sólo el atropellado trayecto hasta la puerta, seguido de un furioso portazo, captó la atención de todos. Era el Alma huyendo, quien se marchó de allí sin decir nada, como una vez lo había hecho el Amor de su lado.

El Alma no había soportado el espantoso desenlace que el Arrepentimiento relató y aquel atardecer bajo una infinita lluvia de crujientes hojas doradas, decidió sepultar para siempre sus ilusiones manchadas de dolor en las profundidades del gélido Mar de Lágrimas.

Desde entonces, el Alma deambula entre la Muerte buscando al Amor. Los sentimientos, defectos y virtudes jamás volvieron a conciliar paz entre si. Quizás porque la vida sin Alma ni Amor, se vuelve un quebradizo llanto, un bosque marchito, un interminable atardecer de crujiente soledad, una brisa relente que suspende lentamente la ilusión… aquella sensación de un desolado otoño que deshoja hasta el aliento.


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